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LA COLUMNA DEL PORTAL DEL COACHING
 
Coaching para Despertar por Tania Cataldo y Mónica Fusté
El delicado arte de opinar

Según una antigua historia oriental… “Había una vez un padre que, al morir, dejó sus  17 camellos a sus tres hijos, con la siguiente instrucción: el hijo mayor debería recibir la mitad, el segundo, un tercio, y el más joven una novena parte de los camellos. Frente al mandato del padre, ellos se encuentran con la imposibilidad de realizar tal división, a raíz de lo cual deciden consultar a un sabio, que casualmente pasó por el lugar, montado en su camello. El sabio, después de pensar un momento acerca de la situación, les contesta:
- No existe una solución para esto. Pero puedo agregar mi camello a los de ustedes, y así tendrán 18 y podrán dividirlos. Ahora tú, el mayor, recibes la mitad, que es 9. A ti, el hijo segundo, te corresponde un tercio, o sea 6, y aquí están. Y para ti, el más joven, un noveno, que son 2 camellos; así resta un camello, de mi propiedad. Habiendo dicho esto, se subió a su camello y se fue”.

¿A Usted se le hubiera ocurrido esta original solución? Le aseguro que a mi no, es más, me dejó desconcertada… ¡y sin embargo es tan simple!
Y para salir del desconcierto, veamos el análisis del caso: los tres hijos sabían que tenían 17 camellos. Por otro lado, sabían que no sabían dividir la herencia de su padre tal cual él les había pedido. Lo que no sabían que no sabían, dado que estaban limitados por el paradigma de lo que era posible para ellos, es que se podía inventar una alternativa de solución que escapaba a la lógica convencional matemática. Su sentido común les decía que eso no era posible y que no había solución.
Traducido a lo que aquí, en este espacio dedicado a divulgar la disciplina del coaching, nos interesa, la lección que nos deja el cuento es que si seguimos instalados en el paradigma racionalista, que dominó toda una época y que dio sus grandes frutos (sobretodo científicos y tecnológicos), pero que hoy ha dado paso a otra visión más abarcadora acerca del ser humano y de la forma en que éste construye el conocimiento, nos veremos limitados en nuestras posibilidades de acción. En efecto, si creemos que “somos nuestros pensamientos”  y estamos comprometidos a tener razón, nuestras posibilidades de acción van a estar limitados por aquello que nuestra lógica nos indique como correcto o posible, dejando fuera de nuestro alcance posibles soluciones que exceden los límites de la lógica matemática…¡como la del sabio!

Particularmente importante es este tema de poder cambiar la visión, cuando de opinar se trata, ya que la vida entera está sustentada por opiniones, que por épocas cobran el rango de “verdades”, para luego ser superadas por otras que nos parecen “más verdaderas”, hasta que otras “más funcionales” vienen a superarlas, dando cuenta de que hoy por hoy, la opinión aceptada es que todo conocimiento es provisorio… ¡siendo también esto una opinión!
Y si opinamos que no podemos escapar de nuestra naturaleza que juzga lo que “ve ahí afuera” y “siente aquí adentro”, bueno sería que aprendiéramos algo del delicado arte de emitir opiniones, sin matarnos los unos a los otros para defenderlas. Afortunadamente se puede porque, como todo arte se expresa por medio de un oficio, existe el oficio de hablar en forma efectiva,  que hace de la conversación una danza cuyos pasos están marcados por precisas reglas que pueden evitar dolorosos pisotones.
Cuando se trata de opinar, las reglas son simples, suman cinco y funcionan como un filtro para saber, antes de emitir la opinión, si es productiva o no, si vale la pena que la expresemos o no, y podamos evaluar las consecuencias de hacerlo… ¡o no!
Tomemos como ejemplo una opinión sencilla: “Ana es una secretaria competente” y veamos las reglas.

- La primera: tomar consciencia que lo que se expresa es una opinión y no un hecho comprobable.
- La segunda: contar con datos (comportamientos) que lo avalen en el pasado.
- La tercera: definir el estándar  con respecto al cual se compara dicho comportamiento, en un ámbito determinado (en este caso, el del trabajo).
- La cuarta: verificar el razonamiento a través del cual se llegó a la conclusión propuesta.
- La quinta: relevar la preocupación, el deseo o la necesidad de emitir la opinión en cuestión.

Si superó la prueba y decide emitir una opinión de este tipo, todavía nos queda un detalle, que sería el equivalente a envolver en fino papel la obra de arte: expresarla virtuosamente. En este caso, podríamos decir, con propiedad, “en mi opinión, Ana es una secretaria competente”. Y estaremos diciendo lo mismo, pero podemos hacer un mundo de diferencia, sobretodo si consideramos, como jefes, que “Ana NO es una secretaria competente”…Porque no es algo cuya “veracidad” podamos “afirmar”, sino sólo es una opinión cuya “validez” podemos “fundamentar”. Y eso suena a una categoría del pensamiento muy diferente.

Recordemos, como dijo Wittgenstein, uno de los grandes precursores de la disciplina del coaching, que “nombrar es como colocar una etiqueta sobre un objeto” y cuando opinamos sobre las personas, las estamos etiquetando.

Simon Dolans

Autora: Prof. Clara Braghiroli
Coach Profesional Profesora Titular de la Maestría
en Coaching Organizacional – USAL
Buenos Aires - Argentina
clarabraghiroli@fibertel.com.ar




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